BESITOS ESCONDIDOS

 

Edgar Aguilarte Goncalves

 

Un lunes muy temprano, el pequeño José, al que siempre se le había complicado despertarse temprano, era vestido por su madre mientras terminaba de ponerse en pie. “¡Párate hijo! Hoy comienzas en tu nuevo colegio. ¿No estás emocionado?”, El niño se frotó los ojos, aún somnoliento, y le dijo: “Cinco minutos más por favor.”

 

Así transcurrió más de media hora, hasta que por fin estuvo listo y salieron al colegio. Ya en el lugar, su mamá se despidió con un beso en la frente. Él sabía que vendrían a buscarlo al terminar las clases, por esa razón no entendía a los niños que lloraban cuando sus mamás se marchaban. Dentro del colegio, buscó la fila de primer grado, vio que se ordenaban de acuerdo al tamaño y se incorporó donde le tocaba. Una vez en el salón, al ser el chico nuevo, la maestra le preguntó su nombre e hizo que sus compañeros gritasen “¡Hola José!”, a lo que, por su timidez, solo pudo responder con una sonrisa.

 

El pequeño, aturdido con la alharaca reinante, se sentía un forastero, el único desconocido. Entre tanto desorden, algo lo distrajo por completo, un dedito le tocó el hombro y una voz dulce le dijo: “¡Hola niño!”. José volteó y ante sus ojos estaba la niña más bonita que había visto. No es que con ocho años haya visto a muchas, pero hasta ese momento era la más hermosa. Rubia, de cabellos rizados, labios gruesos y cachetes rosados.

 

“¿Eres mudo?”, fue lo siguiente que dijo la niña al ver que el chico había quedado perplejo frente a ella. “Mmmm no, no. Hola” contestó José. “Eres muy lindo ¿quieres ser mi novio?”, prosiguió la rubia bonita. El niño no creía lo fácil que había sido conseguir su primera novia. Un “sí”, muy seguro y emocionado fue su respuesta. Levantarse en las mañanas ya no fue una tortura para él, tenía algo muy importante que hacer en la escuela: ver a la rubia bonita.

 

Siempre se sentaban juntos, hablaban mucho entre clases, se agarraban las manos cuando no los veían. “¿Quieres que nos besemos?”, le dijo la niña un día, “Pero cómo, dónde, la profesora nos va a ver”, contestó él, “Aquí no, bobito. Cuando salgamos”, sentenció ella.

 

Ese día el tiempo pasaba a cuentagotas, José no podía esperar la hora de salida, su imaginación volaba, solo quería que llegara ese momento. Antes de que sonara el timbre ya cargaba su bolso y lonchera ansiando la señal para salir corriendo. Mientras bajaban las escaleras hacia el patio, la rubia bonita lo agarró por un brazo y entraron a un salón vacío, al parecer sabía muy bien lo que hacía. El niño colocó sus cosas en el piso y cuando alzó la mirada ya tenía los labios gruesos de la rubia bonita en los suyos, así fue su primer beso, robado. No fue como se lo había imaginado, sino mucho mejor.

 

Sintió millones de mariposas en su estómago que iban bajando en picada y se estrellaron con un: “¡Ya! ¡Ya! Vámonos que mi mami me está esperando”. A lo que suplicó “¡Un besito más por favor!”. Le dieron un piquito y lo halaron por un brazo para seguir a la salida. Así transcurrieron muchos días y besitos más, con el mismo modus operandi: al salir, a escondidas, en un salón vacío. El miedo de que alguien los viera hacía más emocionantes sus aventuras. Se reían mucho, pero suavecito para que no los escucharan.

 

“¿Hoy me das un besito?”, preguntó el niño, acostumbrado a sus escapadas, seguro de una respuesta afirmativa. “No quiero”, dijo la rubia bonita sin razón aparente. “Pero… ¿por qué?”, preguntó el niño rascándose la cabeza. “Porque no”, fue su respuesta. Luego de ese día, se acabaron los besos escondidos, ya no se agarraban las manos, casi no hablaban. Por supuesto, despertarse temprano volvió a ser una tortura para él.

 

Una mañana, encontró la respuesta a ese distanciamiento. Allí estaba ella, agarrada de manos con otro niño en el patio del colegio. El pequeño frunció el ceño y apretó sus puños antes de acercarse a pedirle una explicación, a lo que ella, de manera indiferente, contestó: “él es mi nuevo novio.”

 

Se sintió abatido, le habían roto su corazoncito. Experimentó una gran sensación de vacío, acompañada de ira y tristeza, años más tarde sabría que así se sentía la traición. Claro, a los ocho años, el chico no tenía la conciencia para entender eso, solo sentía una inmensa rabia. No lloró, porque como le decía su papá: “los machos no lloran”. Ella se lo perdía, pensó. Meses después, la rubia bonita le volvió a preguntar si quería ser su novio, a lo que José contestó con otro seguro y emocionado “Sí”. No podía tener otra respuesta, al fin y al cabo, era su primer amor.