Historias de diario (Número I)

 

ESTER PAYARES

 

Nunca me pasa, y hoy me pasó.

 

No llevo más de dos minutos en la parada, cuando llega mi autobús. Medio vacío, por cierto, así que, aunque no me siento de inmediato, puedo hacerlo unos metros más tarde, a medida que la gente se va quedando en el camino. El recorrido finaliza en la parada del metro y mientras nos acercamos, hurgo en mi cartera para buscar el pasaje. Entonces me asalta la sorpresa de que el monedero no está. Mi vecina se da cuenta y consagra unos minutos a observar cómo doy vueltas a las pocas cosas que llevo en la cartera, buscando en vano el monedero. Pero es obvio que no está, así que se limita a dedicarme una mirada de pena y se baja del autobús. ¡Pues, claro, ahora lo recuerdo! Dejé cuatro billetes de mil bolívares (que me prestaron ayer, porque el efectivo decidió vacacionar y que hoy retiraría en el banco con mi libreta), mi cédula, algunos tickets de metro y unas tarjetas endeudadas, perfectamente asegurados sobre el mesón de la cocina. En mis bolsillos, por supuesto, no tengo ni un billetito.

 

Resignada, apenada, pensando en las pocas posibilidades que tengo, espero que todos los pasajeros bajen del autobús y me acerco a conversar con el chofer:

– Señor, me da muchísima pena, pero acabo de darme cuenta de que dejé mi monedero y no tengo nada de dinero. ¿Quiere asomarse en la cartera, para ver que no le miento?

– No, mija. ¡Cómo se le ocurre! No se preocupe, vaya tranquila.

 

Yo, aunque morena, parezco un tomate. Y como si ya no estuviese suficientemente avergonzada, el señor continúa:

– ¿Y cómo se va a ir? ¿Necesita dinero? Tome.

– No, señor. Muchas gracias. Aquí agarro el metro.

 

(Estoy pensando repetir la historia con el operador del metro y pedirle que me deje pasar. Al final, cuatro bolívares son una cifra ridícula y diariamente, es imposible calcular cuántas personas saltan los torniquetes sin pagar. Al menos yo pediré permiso).

 

Pero el señor insiste:

– Tome, llévese esto para que pague el otro pasaje.

No sé cuánto piensa darme, pero veo que agrupa varios billetes de cincuenta bolívares. Le digo que, en todo caso, solo me de diez, para pagar el ticket de metro (en el trabajo podré resolver algo) pero se ríe de la cifra y termina dándome cien. Con eso no pagaré un pasaje en bus, pero es mucho más de lo que ahora necesito.

– ¡Mil gracias, señor, Dios le pague!

– ¡De nada, mija! Vaya tranquila y que tenga un buen día.

 

Me compro dos tickets de diez viajes cada uno. El primero, para usarlo, lógicamente. El segundo, para guardarlo entre los recuerdos importantes. Porque no es el valor de un ticket de metro o un pasaje de autobús. ¡Eso es nada! Lo que logra desarmarme es el gesto del señor.

 

Por supuesto, no tengo que mirar demasiado su rostro, para grabarlo en mi mente y devolverle su dinero la próxima vez que le vea. ¡Ojalá que haya una próxima!

Nunca me pasa, y hoy me pasó, que un olvido de ese talante, resulte tan maravilloso.