Historias de diario (Número II)

 

ESTER PAYARES

 

Ensayaba una nueva ruta y el frío bogotano anunciaba las 5:35 a.m. cuando llegué a la parada desierta, sin saber qué me esperaba. Poco después se acercó ella, se paró a mi lado y me habló sobre el transporte, el clima, cualquier nimiedad. Noté que aspiraba eses, pero preguntar no me pareció prudente, así que guardé silencio y seguí esperando el autobús. Cuando subimos, dio unos enérgicos «buenos días» y al bajarse, agradeció. ¡Iba desentonando con todos!.

 

Después de varios días, una mañana volví a encontrarla, la saludé y me respondió con una sonrisa. Se llama Marina y aunque su cédula dice que es colombiana, vivió en Venezuela más años de los que yo tengo con vida, tiene más tumbao que un caraqueño y sus ojos se iluminan cuando me cuenta que irá unos días en enero. Vive detrás de mi calle, insistió en que anotara su número telefónico y se puso a la orden por si necesito cualquier cosa.

 

A la mañana siguiente de haber guardado su número, recordé que mi tarjeta no tenía saldo y por la hora, no podía recargar. Mi única opción era Marina, y con la vergüenza devorándome el alma, me atreví a llamarla y preguntarle si podía venderme un pasaje:

 

—Pero claro, chica, vente, yo te lo pago.

 

Y me esperó en la parada, me estampó un beso en la mejilla, me fió el pasaje.

 

—porque ninguna tenía sencillo— y además, un dulcito de leche de los que vende su hija.

 

De aquella mañana, ya han pasado varios autobuses, y entre ellos, Marina comenta cómo anhela regresar a «su» país, lo haría al día siguiente de salir el gobierno; agradece a sus buenos vecinos, quienes cuidan su casa desde que emigró, dos años atrás; me cuenta sobre las eternas colas que hizo y el estrés que le generaron, cuyo saldo fue una parálisis facial; se le aguarapan los ojitos cuando dice que acá la gente es muy seca y que no encaja del todo; me aconseja no enamorarme de ningún colombiano porque le parecen patanes; descubrimos que comparto signo con su mamá y el frío matutino dejó de golpearnos tanto.

 

En Marina —y no señora, chica, porque no le gusta esa palabra— se refleja mi Tierra, lo bueno de la vida, de las bendiciones que me acompañan siempre, de las sorpresas bonitas, de los regalos valiosos.